Los movimientos y las deudas

Por Lucía Cavallero

Foto de la manifestación por el 8 de marzo en Buenos Aires, 2021. Un grupo de manifestantes muestra una gran bandera verde que dice "¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos!". (Foto de Sofia Besandon.)
Manifestación por el 8 de marzo en Buenos Aires, 2021. (Foto de Sofía Besandon.)

Durante la pandemia, el gesto mismo de moverse, de desplazarse, señaliza una división de recursos. La interpelación a quedarse en casa es también un llamado generalizado a volver objeto de pensamiento el mínimo movimiento.

Nunca antes estuvimos tan situadxs, a la vez que hiperconectadxs, en nuestros movimientos y gestualidades. Debido a que, dramáticamente, cualquier movimiento puede ser razón de un contagio, nunca habíamos vivido la vida tan desagregada en mínimos gestos. Así, mi propuesta es pensar esta situación excepcional a partir de una economía de los movimientos que está referida directamente al dinero en una doble clave: renta vs. deuda. Y, dando un paso más, mi hipótesis es que, en vez de una interrupción generalizada, resulta más adecuado pensar la cuarentena como una suspensión desigual de ingresos y rentas. De allí que las preguntas que resuenan son: ¿Qué movimientos se remuneran? ¿Qué movimientos generan deudas?  Y en contrapunto: ¿qué inmovilidades generan rentas y qué inmovilidades provocan deudas? ¿Qué rentas ratifican la familia como única posibilidad de refugio?

Mi investigación previa, realizada con Verónica Gago y situada en Argentina, ha detectado que el endeudamiento doméstico se ha vuelto fundamental para acceder a bienes tan básicos como alimentos y medicamentos. Esto sucedió en un contexto marcado por la inflación y la consecuente pérdida de poder adquisitivo de subsidios y salarios, desatada por las políticas de ajuste y endeudamiento externo del gobierno de Mauricio Macri.

Así, antes de la pandemia, el endeudamiento de las economías domésticas era ya un paisaje extendido. Sobre esta situación, las restricciones a la movilidad produjeron una pérdida generalizada de ingresos originada por despidos y rebajas salariales que incrementaron la crisis social y económica. Pero no sólo eso; la inmovilidad de los sectores precarizados, donde las mujeres y personas LGTBI+ son mayoría, generó la aparición de nuevas deudas.

La cuarentena, así, puede leerse así desde el punto de vista de cuáles son los movimientos que generan deudas y cuáles los que generan rentas. Con ese método, no sólo se evidencia quién puede quedarse en casa y quién no. También demuestra cómo moverse o fijarse tiene efectos diferenciales en términos de ingresos y deudas.

De este modo, el endeudamiento doméstico se diversificó e incrementó durante la pandemia, donde las deudas “no bancarias” por alquileres y servicios de luz, agua, gas, crecieron a ritmo acelerado, lo cual se hace aún más fuerte en los hogares monomarentales, con mujeres a cargo de niños y niñas, convirtiendo al endeudamiento en otra de las formas de intensificación de las desigualdades de género.

Así, el espacio doméstico, que las masivas movilizaciones feministas habían señalado como espacio donde se combinan formas de explotación y opresión, fue indicado por los gobiernos como el lugar de refugio frente a la posibilidad del contagio. La paradoja reside en que ese espacio “seguro” devino, al mismo tiempo, territorio de conquista para el capital financiero (el incremento de la deuda por alquileres es elocuente en ese sentido). 

De este modo, quisiera postular que el endeudamiento privado interviene con una función eminentemente política: opera re-configurando el ámbito doméstico. Esto es así porque las mujeres realizan múltiples actividades para asegurar el pago de la deuda, lo cual se traduce en una sobreexplotación de trabajos históricamente desvalorizados que conjugan, en muchos casos, trabajos reproductivos con formas de virtualización del trabajo. De este modo, es en ese espacio donde se combinan, de forma más evidente, mandatos de género y obligación financiera. Porque la deuda aprovecha el mandato que recae sobre las mujeres de sostener las economías domésticas en situaciones de crisis y, a su vez, activa el incremento de los trabajos reproductivos y desvalorizados.

A su vez, la crisis habitacional por acumulación de deudas intensifica la división entre propietarios y no propietarios en una clave familiarista. Esto es así, porque cuando no se puede pagar el alquiler por la restricción de ingresos, la vivienda heredada o conyugal se refuerza como único modo de asegurar la casa, excluyendo realidades como las de la población LGTBIQ+ generalmente desheredada y con otras formas de convivencia más allá de la conyugalidad heterosexual.

De este modo, es urgente enfrentar esta desigual distribución del riesgo de la inmovilidad, condonando las deudas domésticas acumuladas durante la pandemia. Necesitamos que nuestro cuidado no genere deudas porque Vivas, Libres y Desendeudadas Nos Queremos.

Fotografía de la autora del blog, Lucía Cavallero.

Lucía Cavallero es socióloga e investigadora de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de Tres de Febrero en Argentina, y miembra del colectivo feminista Ni Una Menos. Es investigadora asociada del International Consortium of Critical Theory (Consorcio Internacional de Teoría Crítica) y autora de “Una lectura feminista de la deuda”. Se especializa en economías feministas, deuda y género y es parte del Group for Feminist Research and Intervention (Grupo para la Investigación e Intervención Feminista, GIIF).

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