Argentina en tiempos del Coronavirus

por Martín Caruso Bloeck

Alberto_Fernández_y_Ginés_sobre_coronavirus

El presidente Alberto Fernández se reunió, el 28 de enero, en Casa Rosada con el titular de la cartera sanitaria nacional, Ginés González García, quien le expuso un informe de situación acerca de la información epidemiológica existente a nivel mundial sobre el Coronavirus. (Foto de casarosada.gob.ar.)

Ya hace un mes que Alberto Fernández, Presidente de la República Argentina, anunciaba la entrada en vigor del llamado “aislamiento y distanciamiento social obligatorio”, el 20 de marzo. La medida implicó un cambio radical en la respuesta a la amenaza del Covid-19 cuando se lo compara a las insólitas declaraciones del Ministro de Salud, quien indicaba que “el coronavirus no funciona en el verano [argentino]” y que el país tenía otras prioridades.

A mi parecer, cabe caracterizar las medidas tomadas por el Gobierno desde entonces como terminantes. Las medidas de confinamiento en Argentina se destacan por su vigor: nada de traslados innecesarios, un paseo recreativo, ni siquiera ir al supermercado en pareja. A pesar de la falta de previsión y cierta inoperancia que suelen caracterizar a la dirigencia argentina, evidenciadas aún más por el coronavirus, me parecen dignos de destacar el liderazgo y la firmeza presidencial para tomar medidas frente a la situación.

La bala de plata, rehén de su propio éxito

Las medidas parecen estar dando resultados esperanzadores, aunque preliminares. La propagación de la enfermedad es lenta, el sistema sanitario no ha colapsado, y la proporción de tests positivos sobre realizados es relativamente baja. Es que en Argentina se ha venido probando de todo con tal de ayudar a mitigar la crisis. Aislar a comunidades enteras, tomar temperaturas, pruebas de olfato, tapabocas: lo que sea. Sin embargo, el ingenioso uso de estas herramientas low-tech (de baja tecnología) pone en evidencia fisuras que son transversales a muchos aspectos de la sociedad argentina. La cuarentena y todas estas medidas complementarias son lo único que hay para hacer frente al coronavirus, y por más ingeniosos que seamos los argentinos, la falta de recursos y previsión nos obligan a adoptar medidas con significativos daños colaterales.

Un conductor de autobús argentino usa una máscara para protegerse contra el coronavirus, marzo de 2020. (Foto de TitiNicola).

Un conductor de autobús argentino usa una máscara para protegerse contra el coronavirus, marzo de 2020. (Foto de TitiNicola).

Es así que nuestra bala de plata, el confinamiento, es rehén de su propio éxito. La ralentización del virus posterga el pico de contagios, lo cual obliga a una cuarentena más prolongada. Mientras que otros países han usado el tiempo ganado para implementar medidas menos perniciosas, cualquier intento por flexibilizar el confinamiento tiene complicaciones. Desde un aspecto operativo, está la consistente lentitud con la cual el país ha estado testeando a potenciales enfermos, lo cual pone en duda la capacidad de una rápida detección y respuesta ante un nuevo brote. Por otro, y esto es más bien una apreciación personal, está la manera en que puede ser interpretado cual intento de flexibilización. No por nada los argentinos tenemos un dicho que advierte sobre darle la mano a alguien y que éste nos agarre hasta el codo.

El menor de los males

Mientras más se extiende la cuarentena, más visibles se hacen sus perjuicios. La informalidad y las deficiencias crónicas en el mercado de trabajo dificultan la protección de los más vulnerables. El derrumbe en la actividad ha puesto en jaque a muchísimas pequeñas y medianas empresas (pymes) que arrastran una recesión de por lo menos dos años. El Gobierno ha hecho lo que ha podido para paliar los efectos de la crisis, otorgando ingresos de emergencia a los beneficiarios de programas sociales y créditos subsidiados a las pymes para que puedan pagar los sueldos de marzo. Y los de abril, Dios dirá. Para hacer las cosas peor, el país se encamina a su segundo año con inflación cercana al 50% y con poca perspectiva de que eventuales aumentos salariales lleguen a compensar más que una fracción de eso.

Es así que en todos los aspectos la capacidad de respuesta se termina chocando con la realidad que es la falta de recursos. Si el distanciamiento social hace estragos en las economías más pujantes del mundo, el problema es aún más grave en una economía como la Argentina que básicamente no ha crecido en diez años.

Captura de pantalla de un mapa constantemente actualizado de casos de coronavirus en Argentina desde La Nación. (Haga clic aquí para ver el mapa en vivo).

Captura de pantalla de un mapa, constantemente actualizado, sobre los casos de coronavirus en Argentina. Fuente: La Nación. (Haga clic aquí para ver el mapa en vivo).

Lo paradójico es que aún si Argentina fuera inmune al coronavirus, el efecto que éste tiene sobre los demás países sería por sí sólo un golpe durísimo a la economía argentina. Históricamente, Argentina ha sido especialmente vulnerable a los vaivenes de los mercados internacionales, y esta ocasión no es ninguna excepción. Para el colmo, el país se encuentra encarando una renegociación de deuda soberana con destino incierto en medio del riesgo de colapso en los mercados internacionales.

Probablemente sorprenda a muy pocos al recalcar lo nutrida que es la historia argentina en crisis económicas, tanto por su frecuencia como por su profundidad. Desde pequeños, nuestros padres nos cuentan las historias de las hiperinflaciones, crisis bancarias y fiscales. Y es así que intento disimular lo que puede terminar en una crisis de proporciones bíblicas cuando mi mamá me cuenta con angustia cuán complicado se pone el día a día. “No es nada por lo cual no hayamos pasado antes” le digo.

Mientras tanto, me pregunto si algún día estaré del otro lado del teléfono, si esta crisis será la que finalmente ponga al país en un sendero de progreso o si será otro tren que dejaremos pasar. Reflexiones de un día de sol californiano.

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Martín Caruso Bloeck se encuentra actualmente cursando un Ph.D. en el Departamento de Economía de UC Berkeley. Antes de venir a Berkeley, Martín estudió en la Universidad Nacional de La Plata en Argentina y trabajó como consultor externo para el Banco Interamericano de Desarrollo. Sus intereses de investigación se encuentran en los campos de la macroeconomía y las finanzas internacionales.

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