La transformación de México

Por Sergio Aguayo

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Andrés Manuel López Obrador como candidato presidencial en 2012. (Foto por Arturo Alfaro Galán).

México vive una etapa muy especial. Con la victoria de Andrés Manuel López Obrador se abre la posibilidad de que se modifiquen las reglas de su sistema político y se ataque de frente la corrupción y la violencia que corroen las entrañas del país.

Tras el éxito de López Obrador está la opción pacífica tomada por una parte las izquierdas políticas, sociales y culturales. Gesta notable porque padecieron masacres y asesinatos, fraudes electorales y desprestigio y porque resistieron la tentación de la violencia o la corrupción.

En 1968 los partidos y asociaciones de izquierda eran ilegales, irrelevantes o cómplices del gobierno. El Movimiento Estudiantil exigió pacíficamente algunos cambios concesiones; el presidente se rehusó y ordenó la matanza de Tlatelolco. Ahí empezó la larga marcha de la generación del 68.

Algunos tomaron las armas, otros empujamos el cambio desde las aulas, el periodismo, el activismo, el sindicalismo o la política profesional. Pese a las diferencias coincidimos en dos principios irrenunciables: reconstruir lo sucedido en el 68 y perseverar en la no violencia. Creamos tejido social como el movimiento moderno de derechos humanos que nació en los años setenta para atender a las víctimas de la Guerra Sucia, pero se extendió como la humedad por muchos otros temas.

Los simpatizantes de López Obrador en 2012. (Foto por Arturo Alfaro Galán).

Al mismo tiempo se legalizaron los partidos de izquierda que, en las elecciones presidenciales de 1988, tuvieron un éxito inesperado, frustrado por un fraude electoral tan obvio que un sector de izquierda propuso el enfrentamiento. Cuauhtémoc Cárdenas, entre otros, entendió la asimetría de fuerzas y apostó por el gradualismo, inevitable cuando la urna se convierte en el método del cambio. El resultado fue la alternancia que fue resquebrajando al PRI y a su régimen.

En 1993-94 el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) elaboró dos Declaraciones de la Selva Lacandona. En la primera de diciembre del 93 proclamó la guerra y anunció el avance hacia la “capital del país venciendo al ejército”. Cuando empezaron los combates las izquierdas sociales e intelectuales –y amplios sectores internacionales– salieron a las calles para exigir al gobierno cesar las hostilidades y a los insurgentes adoptar medios pacíficos. Respondieron con un cese al fuego y con el Zapatismo sumándose, en la Segunda Declaración, a “elecciones libres y democráticas”.

Supcomandante Marcos con otros miembros del EZLN en Chiapas en los 90. (Foto por C. Cardoso).

De ese momento crucial se origina la reforma electoral de 1996, aquella que  hizo posible la derrota del partido gobernante (PRI) en 2000. Vicente Fox y su partido, el PAN, traicionaron su esencia y sucumbieron, junto con el PRD, a la cultura priista del saqueo presupuestal y la entrega de cargos a familiares y amigos. Las cúpulas de los tres grandes partidos se ahogaron en corrupción y/o  ineficiencia; el Estado se debilitó y se fortalecieron los poderes fácticos entre los que destaca el crimen organizado.

Andrés Manuel López Obrador empezó a preparar su primer asalto a la presidencia en 2000, cuando llegó a jefe de Gobierno de la capital. Esos seis años dejaron como sello su honestidad personal y una gestión razonablemente eficaz alejada de radicalismos. En 2006 encabezaba las encuestas pero perdió por errores estratégicos, defectos de personalidad y un fraude electoral tan evidente y grosero que hubo sectores que abogaron por el enfrentamiento. El ahora electo presidente perseveró en el sendero de Cárdenas y optó por la protesta pacífica. El desenlace lo vimos este año.

López Obrador nos promete una transformación “pacífica pero radical”. En su último acto de campaña preciso: “no hemos hecho todo este esfuerzo para meros cambios cosméticos, por encimita”. La tarea es monumental por la fortaleza de los cuatro jinetes de nuestro apocalipsis. La violencia, la corrupción, la desigualdad y los Estados Unidos de Donald Trump tienen sólidas redes de poder. Las resistencias serán enormes, los resultados inciertos.

Serán batallas de las cuales, siendo optimistas –y el momento se presta para ello– saldremos victoriosos y seremos capaces de forjar un mejor futuro. Que esto sea posible se debe en buena medida a las izquierdas mexicanas que resistieron las agresiones, las marginaciones, las burlas y los menosprecios. Igualmente meritorio fue su rechazo a la tentación de entrar al manejo de los presupuestos como patrimonio propio. En el trasfondo, insisto, ha estado la fidelidad con los métodos pacíficos. Estamos, pues, ante una oportunidad inédita. Por primera vez en nuestra milenaria historia tendremos la oportunidad de cambiar al régimen sin violencia. Costó pero lo logramos.

Una versión de este artículo salió inicialmente en la edición del periódico Reforma el 4 de julio 2018, y está reproducido aquí con el permiso del autor.  

 

SERGIO AGUAYO es profesor del Colegio de México y científico visitante de la Escuela de Salud Pública de Harvard. Contribuye a varios periódicos y programas de televisión y escribe una columna semanal en Reforma. Hace poco publicó el libro electrónico, 68: The Students, the President and the CIA.”

 

 

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