“Mexit”; o el retorno a la vecidad distante

por Lorenzo Meyer

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¿Salida o Expulsión?

En 2016, y tras un referéndum, Gran Bretaña votó por salirse de la Unión Europea, el “Brexit”. El 8 de noviembre de ese mismo año, las elecciones presidenciales norteamericanas le dieron el triunfo al candidato del Partido Republicano, Donald Trump, y justo ahí empezó lo que podemos llamar el “Mexit”, es decir, la salida de México no tanto del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) sino del proyecto político de largo plazo que suponía para ese país la decisión tomada en 1992 de mudar de piel. Hace 25 años, México pareció dejar de ser un país latinoamericano para empezar a transformarse, obedeciendo a imperativos geográficos y económicos más la una voluntad política de sus élites, y con la aceptación de Washington y de Ottawa, en el tercer miembro de la América del Norte. (1) Hoy, todo indica que México ha empezado a retomar su carácter de país latinoamericano.

Meyer-NAFTAFlag-Wikimedia

Logotipo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

El Brexit fue una decisión soberana de los electores británicas de salirse de la Unión Europea (UE) y que, de inmediato, llevó a la caída del gobierno encabezado por David Cameron. Su sucesora, Theresa May, aún tiene que negociar los detalles de la salida con la UE en Bruselas. En contraste, el Mexit no es la salida de México sino su expulsión de hecho del espacio político, económico y social de la América del Norte por decisión del gobierno de Trump que, en contraste, reafirmó los lazos de buena relación política con su vecino del norte, con Canadá, durante la visita que le hizo el Primer Ministro de ese país, Justin Trudeau, en febrero pasado. El Mexit tampoco significó la caída del gobierno de Enrique Peña Nieto, pero su debilitamiento aún mayor del que ya experimentaba desde 2014.

Es verdad que la América del Norte no es una institución formal como la UE sino apenas una idea que nació con la firma del TLCAN en 1992 y que ese tratado aún está vigente, aunque se va a renegociar a mediados de este año y su extinción es una posibilidad muy real. Pero si la salida de México de la América del Norte económica y política no tiene la formalidad del Brexit, sí tiene su contundencia. Los ataques reiterados de Trump desde 2015 al TLCAN, su decisión de crear una gran barrera artificial entre México y Estados Unidos con un muro de 3, 142 kilómetros y acelerar la deportación de los cinco millones y pico de mexicanos indocumentado que se encuentran en Estados Unidos -la mayoría como trabajadores en puestos eventuales, de bajos salarios pero que han sido caracterizados por el ejecutivo norteamericano como un conjunto que alberga en su seno una buena cantidad de “bad hombres” -, implica un rechazo brutal a la idea de México como parte de una Norteamérica aceptable a los ojos del nacionalismo duro, agresivo, que se acaba de instalar en Washington.

El “Mexico bashing” que formó parte del discurso de Trump desde el inicio de su campaña para llegar a la presidencia, buscó beneficiarse de una predisposición anti mexicana muy arraigada en sectores amplios del público norteamericano, pero que no había sido activada por los gobernantes norteamericanos de los últimos tiempos. Sin embargo, desde 2015, el discurso de Trump optó por culpar a los mexicanos de ambos lados del río Bravo de “robar” empleos que históricamente pertenecían a la clase obrera norteamericana e incrementar la inseguridad y el crimen en ese país.

Los datos no abalaron la veracidad de las tesis antimexicanas de Trump, pero en la práctica sí le redituaron políticamente de una manera muy similar a la que en 1846 favoreció a James Polk acusar al gobierno mexicano de una supuesta “agresión” mexicana en la indefinida frontera con Texas, La agresividad, y falsedad de Polk –“se ha derramado sangre norteamericana en suelo norteamericano”- le permitieron aumentar el apoyo interno, ya que la victoria sobre su rival en la elección de 1844 había sido por apenas un raquítico 1.4%. Además, Polk consideró que la creciente tensión interna entre los estados del norte y del sur que amenazaba la unidad de su país, podía ser superada si la energía política del conjunto se dirigía a atacar a un enemigo común perfecto: a un México débil en extremo, pues aún no era un Estado nacional en el sentido estricto del concepto. La jugada le salió muy bien a Polk, aumento al doble el territorio de su país y por 13 años más logro retrasar la ruptura entre los estados del norte y del sur.

Meyer-MexicanAmericanWar-Wikimedia

El batalle de Chapultepec en Mexico, el 13 de septiembre de 1847.

Si la invasión de México entre 1846 y 1848 no fue la verdadera solución de la desunión norteamericana de entonces, igual podría suceder ahora, pues el TLCAN o la migración indocumentada no parecen ser la causa profunda, real, de la desindustrialización del rust belt norteamericano y de la división social creciente en Estados Unidos, aunque hay quienes sostienen con argumentos económicos que sí es ese el caso. (2)

Dos Crisis en Una

El Mexit es solo una de las dos crisis políticas en que está atrapado hoy México. En realidad, esta experiencia no es nueva, tiene historia. México nació como Estado independiente de una simultaneidad de crisis interna y externa. A inicios del siglo XIX la Nueva España primero recibió el ramalazo de la invasión francesa de España que llevó a una crisis política interna que se transformó en una cruenta guerra civil que desembocó en la independencia. Cuando los norteamericanos declararon la guerra a México en 1846, la lucha interna (federalistas vs centralistas, monárquicos vs. republicanos, etc.) era ya de tal magnitud que entre mediados de 1833 y 1848, hubo 34 cambios de presidente y la fragilidad de las instituciones era extrema: en ese mismo lapso la Secretaría de Hacienda cambió de titular 66 veces. (3) En esas pugnas intestinas se encuentra una de las explicaciones de la derrota mexicana. La posterior “aventura francesa” que llevó al efímero Segundo Imperio (1864-1867) no se explica sin la fiera división y lucha interna entre liberales y conservadores. Hubo otros momentos en que se convergieron crisis internas y externas, pero ya no de esa magnitud.

El origen de la actual crisis política interna mexicana es resultado del fracaso de la transición que arrancó a fines del siglo pasado, cuando se creyó posible, pasar pacíficamente del largo autoritarismo priista a una democracia razonable y aceptable para la mayoría. Y este fracaso lo prueban a diario los muchos elementos del antiguo sistema que siguen vigentes: notablemente la corrupción, la impunidad y, como derivado de ambas, un crimen organizado cuya violencia no disminuye y que incluso le ha arrancado al Estado el control de ciertas regiones y zonas del país. Resultado de lo anterior es la clara desconfianza del ciudadano frente a toda la estructura institucional. (4) Otros indicadores del problema son el bajo apoyo a la presidencia (12%, aunque hay fuentes ponen una cifra aún menor) y su alta desaprobación (86%).(5) El aumento sustantivo de los precios de la gasolina a partir de enero de este año (2017) ha desatado protestas en casi todo el país, incluso en estados y ciudades sin tradición en ese tipo de política ciudadana. Esas movilizaciones son hoy la muestra mas reciente de un hartazgo ciudadano que, si bien no han llegado a poner en peligro al gobierno, indican un malestar generalizado y en crecida. (6)

Meyer-WalmartProtest_MarteMerlos

La Tercera Mega Marcha contra la Imposición en Guadalajara el 22 de julio de 2012. (Fotografía por Marte Merlos.)

El Índice de Confianza del Consumidor elaborado con cifras del INEGI en el arranque del 2017 es el más bajo desde hace quince años (7) y las perspectivas de mejora de la economía también han ido a la baja: para 2017, el crecimiento esperado, según el FMI, es de apenas un pobre 1.7%. (8)

Desde el inicio de su campaña electoral en junio de 2015 y hasta hoy, Donald Trump eligió a México como un enemigo y lo caracterizó como fuente de problemas importantes para su país -crimen y desempleo- y ya en el poder, decidió usar al vecino del sur como ejemplo de la forma dura como el Washington de Trump se propone tratar con “países problema”.

De tiempo atrás -siglos en realidad- México ha sido mal visto por un sector importante de la sociedad norteamericana. Por motivos históricos, raciales, religiosos y culturales, ese sector desearía la expulsión del territorio norteamericano de los más de cinco millones de indocumentados mexicanos y el final del tratado de libre comercio con el vecino sureño. Y es en ese sector donde anida el anti mexicanismo, del que se nutre en parte el trumpismo, pues el “Mexico bashing” da puntos políticos fáciles, inmediatos y a bajo costo.

Por ahora, la inesperada crisis externa mexicana se manifiesta en un discurso duro -brutal- desde el lado norteamericano: su promesa de completar la construcción de un muro fronterizo que puede costar 20 mil millones de dólares o más, la humillante y absurda exigencia de que sea México el que pague directa o indirectamente por esa gigantesca obra de infraestructura, la amenaza de la repatriación masiva de indocumentados y de una dura negociación para modificar e incluso echar abajo el pilar de la economía exportadora mexicana: el TLCAN, pues ese tratado –“el pero firmado por Estados Unidos” según Trump- significa un déficit comercial de 60 mil millones de dólares anuales. Finalmente, está una amenaza inicial -no repetida después- disfrazada de oferta: si el ejército mexicano no puede actuar con eficiencia, Estados Unidos puede usar directamente la fuerza para acabar con esos “bad hombres” que, desde México, dirigen y conforman los carteles de la droga que están fomentando las adicciones y la violencia criminal en Estados Unidos.

Es más que significativo que las dos primeras órdenes ejecutivas del presidente Trump fueran para mandar construir la muralla con México y añadir más efectivos al sistema de migración. Ambas órdenes las firmó teniendo como testigos de honor a familiares de víctimas de criminales indocumentados. Así pues, y como no hay un mar, una gran cordillera o una gran depresión o río inmenso entre los dos países, Estados Unidos va a hacer lo que natura no hizo: un gran muro defensivo, vigilarlo a conciencia, obligar a México a costearlo y retornarle sus indocumentados.

 Imposible predecir en este momento la evolución de la doble crisis que vive México, salvo que la interna se va a ahondar y la externa obliga, a querer que no, a que en México se dé forma a un nuevo proyecto nacional que ya no dependa tanto de su relación con Estados Unidos, tarea muy complicada y que el actual gobierno mexicano no está en posibilidad de encabezar. Como sea, algo ya quedó claro que la redefinición en el país vecino de lo que es su interés nacional frente a México no permite considerar ya ninguna relación “especial” entre ellos.

Lo que ya no Funciona

El desastre económico en que concluyó el nacionalismo revolucionario en 1982 demandaba un cambio a fondo tanto del sistema económico como el político. Sin embargo, el gobierno de Carlos Salinas impulsó transformar al primero para preservar al segundo. Convenció al Washington de George H. B. Bush de la conveniencia de revitalizar a la economía mexicana vía su incorporación como apéndice de la norteamericana a cambio de darle una nueva oportunidad al viejo sistema político que, por autoritario y predecible, le había sido muy funcional a Washington en tiempos de la Guerra Fría. Al final, el PRI debió dejar “Los Pinos” en el año 2000 para refugiarse en los estados, pero el partido de relevo, el PAN, no estuvo a la altura de las circunstancias y terminó por aceptar jugar con las viejas reglas del priismo y, tras dos sexenios de desgaste, el PRI recuperó la presidencia con nuevos cuadros, pero con su vieja cultura intacta y una ilegitimidad creciente. Es en esa circunstancia que “llovió sobre mojado” y ocurrió lo inesperado: el cambio sorpresivo y brusco de la relación con la potencia hegemónica.

  La naturaleza de la actual coyuntura mexicana lleva a concluir que para enfrentar con cierto la crisis causada por la redefinición en Washington de la política hacia su vecino del sur -el interés nacional norteamericano ya no requiere de la estabilidad y prosperidad mexicanas- México debe enfrentar también la disfuncionalidad creciente de su propio sistema político. Sin una reestructuración a fondo de su institucionalidad y sin la recuperación de su nacionalismo defensivo, el país no podrá enfrentar con éxito a unos Estados Unidos impredecibles. De nuevo queda clara una lección de la historia mexicana: la mejor política externa debe ser una sólida política interna, una que de legitimidad a la autoridad y le permita superar la herencia de la enorme corrupción y violencia en que naufragó la supuesta transición democrática de inicios del siglo.

NOTAS

  1. Rouquié, Alain, Le Mexique. Une état nord-américaine, (Fayard, 2013), pp.306-314.
  2. Véase a Alan Tonelson, The New York Times, (2 de marzo, 2017).
  3. Stevens, Donald F., Origins of inestability in early republican Mexico, Duke University Press, 1991, p. 11).
  4. Véanse los indicadores en: Instituto Federal Electoral y El Colegio de México, Informe país sobre la calidad de la ciudadanía en México, IFE, 2014; María Amparo Casar, México: Anatomía de la corrupción, 2015).
  5. (Periódico Reforma, 18 de enero, 2017).
  6. Semanario Proceso, 5 de febrero, 2017.
  7. Periódico El Financiero, 7 de febrero.
  8. Publicación digital, Animal Político, 16 de enero.

Meyer-Headshot

LORENZO MEYER es un historiador, analista política y profesor en el Colegio de México A.C. Dr. Meyer se formó en el Colegio de México, donde consiguió su doctorado, y completó su posdoctorado en la Universidad de Chicago. 

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One Response to “Mexit”; o el retorno a la vecidad distante

  1. David Torres says:

    Interesante artículo del maestro Lorenzo Meyer. Me hizo recordar aquel libro de Alan Riding, “Vecinos distantes”. Sólo un detalle en el título, que creo se puede corregir sin dificultad. Dice “vecidad”. Debe decir “vecindad”. Faltó la “n”. Gracias.

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